Y entonces me doy cuenta que mi vida está allá, en otra parte, en un aquí, nunca en un ahora, que está en aquellos surcos que se forman en la tierra, en unos pies que no descansan, en unos ojos que no duermen, en una boca que nada se guarda.
jueves, 11 de febrero de 2010
lunes, 8 de febrero de 2010
Ruta 1
Vía rápida. Destino: UDC. Tiempo estimado de llegada: 24 minutos.
Avenida Internacional, cinco carros orillados, cinco llantas ponchadas. Tráfico en la curva de la Línea, el tiempo acelera y yo no puedo. Voy 10 minutos tarde. Las ramas bailan a ritmo de jazz en los árboles. Hoy sí pude comprar el periódico. Sombrero de colores. Fila inmensa recibiendo desayuno. Un camión azul y crema me impide el paso, desacelero. Esta vez haré mas de 24 minutos. Mi carro tiembla. Lagunas. Un carro a más de 100km por hora. Parabrisas empapado. Sol emitiendo calor a millones de años luz. Viento frío. Una curva. Autos en los tres carriles.
Un alto. Pestañas. Movimiento lento. Brillo. Estacionamiento.
Alumnos.
Avenida Internacional, cinco carros orillados, cinco llantas ponchadas. Tráfico en la curva de la Línea, el tiempo acelera y yo no puedo. Voy 10 minutos tarde. Las ramas bailan a ritmo de jazz en los árboles. Hoy sí pude comprar el periódico. Sombrero de colores. Fila inmensa recibiendo desayuno. Un camión azul y crema me impide el paso, desacelero. Esta vez haré mas de 24 minutos. Mi carro tiembla. Lagunas. Un carro a más de 100km por hora. Parabrisas empapado. Sol emitiendo calor a millones de años luz. Viento frío. Una curva. Autos en los tres carriles.
Un alto. Pestañas. Movimiento lento. Brillo. Estacionamiento.
Alumnos.
domingo, 7 de febrero de 2010
El proyecto de las morras.
Empezamos ayer. La sesión fue difícil, confrontativa, llena de vulnerabilidad. Lore, Miriam y yo, daremos estas próxima etapas.
En un ejercicio hubo llantos, ojos cerrados, labios apretados, dolor a la vista.
Como siempre, salimos con el corazón chiquito.
Es duro salir del Centro de rehabilitación a sabiendas que las morras se quedan frente a una taza de avena y una pieza de pan.
Es imposible dejarlas y apagar la luz.
No puedo apagar la luz y encerrarlas simplemente dentro de mi memoria optativa.
Empezamos ayer. La sesión fue difícil, confrontativa, llena de vulnerabilidad. Lore, Miriam y yo, daremos estas próxima etapas.
En un ejercicio hubo llantos, ojos cerrados, labios apretados, dolor a la vista.
Como siempre, salimos con el corazón chiquito.
Es duro salir del Centro de rehabilitación a sabiendas que las morras se quedan frente a una taza de avena y una pieza de pan.
Es imposible dejarlas y apagar la luz.
No puedo apagar la luz y encerrarlas simplemente dentro de mi memoria optativa.
sábado, 6 de febrero de 2010
Escribir poemas nunca se me ha dado. La única vez que lo intenté, eran palabras incendiarias y dolorosas, nada del encuentro intrínseco y bello, sólo poemas guardados debajo de la cama, que como el alfiler a la princesa, me picaban mientras dormía. Nada de creerme poeta, ni hacedora de palabrería; sin embargo adoro a los poetas.
[...]Dulce soñar y dulce acongojarme,
cuando estaba soñando que soñaba;
dulce gozar con lo que me engañaba,
si un poco mas durara el engañarme[...]
Juan Boscan
La golpee tantas veces durante los sueños, que estoy segura, hubo varios días que amaneció con la cara amoratada y sollozando, y otras, sintiendo que la piel se le caía a pedazos o sangrando. Estoy segura.
[...]Dulce soñar y dulce acongojarme,
cuando estaba soñando que soñaba;
dulce gozar con lo que me engañaba,
si un poco mas durara el engañarme[...]
Juan Boscan
La golpee tantas veces durante los sueños, que estoy segura, hubo varios días que amaneció con la cara amoratada y sollozando, y otras, sintiendo que la piel se le caía a pedazos o sangrando. Estoy segura.
El proyecto de las morras
Hoy inicia la segunda etapa del Proyecto de las morras.
Empiezan los nervios, el miedo, las preguntas de si podremos lograr los objetivos: crear un libro con los textos de las morras y que ellas logren establecer un dialogo con el exterior, enfrentarnos al nuevo grupo, ser suficientes.
Ahora iniciamos con dos apoyos, todo para lograr que las morras establezcan un vinculo con ellas mismas y con la literatura tal como lo hemos logrado nosotras.
No somos tan distintas, somos morras con adicciones, vicios de caracter, deudas, defectos y virtudes, con familia, mama y hermanos, lo que nos hace diferentes es que nosotras andamos por la calle, manejando entre el trafico citadino, las construcciones y remodelaciones, fumando y tirando el humo por la ventana, los dedos con olor a tabaco, pero al fin y al cabo... somos morras.
Empiezan los nervios, el miedo, las preguntas de si podremos lograr los objetivos: crear un libro con los textos de las morras y que ellas logren establecer un dialogo con el exterior, enfrentarnos al nuevo grupo, ser suficientes.
Ahora iniciamos con dos apoyos, todo para lograr que las morras establezcan un vinculo con ellas mismas y con la literatura tal como lo hemos logrado nosotras.
No somos tan distintas, somos morras con adicciones, vicios de caracter, deudas, defectos y virtudes, con familia, mama y hermanos, lo que nos hace diferentes es que nosotras andamos por la calle, manejando entre el trafico citadino, las construcciones y remodelaciones, fumando y tirando el humo por la ventana, los dedos con olor a tabaco, pero al fin y al cabo... somos morras.
Me pinté el cabello de rojo, un rojo que dejará entrever rápidamente mi cabello castaño. La culpa la tuvo la semana de lluvias intensas y el robo de mi Mac. Todos mis archivos se fueron con el ladrón. La limpieza fue definitiva. No sólo la que realicé en casa durante diciembre. No sólo los papeles, carpetas, fotos, cartas, copias, ropa, muebles y objetos que terminaron en la basura o en casa de algún familiar o amigo. La limpieza tenía que ser definitiva. Mi Mac era la clave. Si guardaba algo ahí, también tenía que irse, aunque eso incluyera los archivos insustituibles o mi novela. Ahora tengo que reescribirla de nuevo. La fecha limite para su entrega casi termina.
Hoy saqué a la basura una caja con cosas que encontré en mi casa y que no son mías: discos, textos, fotos de la infancia (también insustituibles), ropa y objetos que se cómo llegaron aquí, pero no sé porque nunca se los llevaron.
Las deudas llegan ahora más que nunca. El pago de la nueva compu, donde ahora escribo. Nueva, completamente nueva, jamás tocada ni utilizada. Mis yemas tocan el teclado nuevecito y todavía no me acostumbro. Ni siquiera puedo poner acentos. Cada que recuerdo lo que debo pagar por ella, me duele tocarla.
Hoy llueve y el pavimento está húmedo nuevamente. Llevo siete años en la misma colonia, cinco en la misma casa. Afuera todo es gris claro y la lluvia cae como cascada desde los techos. Un perro negro me mira con ojos de hambre: yo también la he sentido en estos últimos meses. Sólo espero que como a mí, no le zumben los oídos y las nauseas demanden salir por su garganta. Lo corren de la tienda donde busca guarecerse de la lluvia. A él lo corren, a mí me esperan. Los tenderos saben que voy a comprar cigarros. Los mismos Benson dorados de siempre. Sólo ellos y mi vecina de enfrente me ven seguido. Ellos por los cigarros; mi vecina cada vez que intuye que no he comido y seguramente estoy haciendo tarea, revisando trabajos, leyendo o preparando clase, entonces toca a mi puerta y siempre un plato adorna sus manos.
La colonia y la casa con sus contemporáneas paredes rojas ya me patean, pero la ciudad con todo y su alto índice de violencia, crisis y dolor, me retiene, me obliga a permanecer dentro de su latitud. La ciudad no puede matarme, no puede, la verdad es que estuve agonizando los últimos dos años y es la ciudad la que me ha sostenido.
Me quedo, la ciudad me está entrenando para soportar cualquier cosa.
Hoy saqué a la basura una caja con cosas que encontré en mi casa y que no son mías: discos, textos, fotos de la infancia (también insustituibles), ropa y objetos que se cómo llegaron aquí, pero no sé porque nunca se los llevaron.
Las deudas llegan ahora más que nunca. El pago de la nueva compu, donde ahora escribo. Nueva, completamente nueva, jamás tocada ni utilizada. Mis yemas tocan el teclado nuevecito y todavía no me acostumbro. Ni siquiera puedo poner acentos. Cada que recuerdo lo que debo pagar por ella, me duele tocarla.
Hoy llueve y el pavimento está húmedo nuevamente. Llevo siete años en la misma colonia, cinco en la misma casa. Afuera todo es gris claro y la lluvia cae como cascada desde los techos. Un perro negro me mira con ojos de hambre: yo también la he sentido en estos últimos meses. Sólo espero que como a mí, no le zumben los oídos y las nauseas demanden salir por su garganta. Lo corren de la tienda donde busca guarecerse de la lluvia. A él lo corren, a mí me esperan. Los tenderos saben que voy a comprar cigarros. Los mismos Benson dorados de siempre. Sólo ellos y mi vecina de enfrente me ven seguido. Ellos por los cigarros; mi vecina cada vez que intuye que no he comido y seguramente estoy haciendo tarea, revisando trabajos, leyendo o preparando clase, entonces toca a mi puerta y siempre un plato adorna sus manos.
La colonia y la casa con sus contemporáneas paredes rojas ya me patean, pero la ciudad con todo y su alto índice de violencia, crisis y dolor, me retiene, me obliga a permanecer dentro de su latitud. La ciudad no puede matarme, no puede, la verdad es que estuve agonizando los últimos dos años y es la ciudad la que me ha sostenido.
Me quedo, la ciudad me está entrenando para soportar cualquier cosa.
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